El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, mayormente conocido como Corpus Christi, es una solemnidad en la que nuestro corazón se llena de gratitud al contemplar el inmenso amor de Dios, que ha querido permanecer con nosotros bajo las especies del pan y del vino. La Eucaristía es el tesoro más grande de la Iglesia, es el alimento que fortalece nuestra fe y la presencia viva de Cristo en medio de su pueblo.
Cada vez que participamos en la Santa Misa, no asistimos al recuerdo de un acontecimiento ocurrido hace más de dos mil años, sino que somos introducidos en el misterio de la entrega de Jesucristo. Durante la Última Cena, reunido con sus discípulos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes». Del mismo modo, tomó el cáliz y dijo: «Tomen y beban todos de él, porque este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados. Hagan esto en conmemoración mía».
En la Eucaristía encontramos consuelo en la dificultad, fortaleza en la debilidad y esperanza en los momentos de incertidumbre, participar de ella no hará desaparecer nuestros problemas, pero sí nos dará la paz interior necesaria para afrontarlos; nos recordará que no estamos solos y que Cristo camina a nuestro lado en cada momento de nuestra vida.
Asimismo, la Eucaristía nos recuerda que tenemos una misión. Quien recibe a Cristo está llamado a ser testigo de su amor, de su misericordia y de su presencia en el mundo. No podemos acercarnos al altar y permanecer indiferentes ante las necesidades de nuestros hermanos.
Nuestra época necesita volver a mirar hacia el centro de la vida cristiana. Necesita redescubrir que es lo esencial, que es lo primordial y que lo verdaderamente importante es Jesucristo presente en el Santísimo Sacramento. En medio de tantas distracciones, preocupaciones y falsas seguridades, Cristo Eucaristía sigue esperando a su pueblo para alimentarlo, fortalecerlo y conducirlo por el camino de la salvación.
Dado en San José, a los cuatro (4) días del mes de junio del Año del Señor dos mil veintiséis (2026), en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.