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Hoy la Iglesia entera celebra con profunda alegría la solemnidad de Pentecostés, el día en que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles y dio inicio visible a la misión evangelizadora de la Iglesia. Después de la Resurrección y de la Ascensión del Señor, parecía que los discípulos todavía estaban llenos de incertidumbre. Permanecían reunidos, pero con miedo, con las puertas cerradas y con el corazón inquieto.
Y precisamente en medio de ese ambiente aparece Jesús, el Evangelio nos dice que se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Qué hermosas palabras, Cristo resucitado trae paz a corazones llenos de temor. No llega con reclamos por haberlo abandonado en la Pasión, sino que llega mostrando misericordia y amor.
Queridos hermanos, también hoy hay muchos corazones cerrados, hoy personas que viven encerradas en el resentimiento, en la tristeza, en el pecado o en la desesperanza, muchas veces el mundo busca llenar ese vacío con cosas pasajeras, pero solamente Dios puede darle verdadera paz al corazón humano.
Después, Jesús sopla sobre sus discípulos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo”. Ese gesto del Señor no es algo pequeño, el Espíritu Santo es la fuerza de Dios actuando en la vida de la Iglesia. Es Él quien ilumina nuestra mente para comprender la verdad, quien fortalece nuestra fe y quien nos ayuda a permanecer firmes incluso en medio de las dificultades.
Hoy más que nunca necesitamos la presencia del Espíritu Santo. Vivimos en un mundo donde muchas veces se ha querido sacar a Dios de la vida diaria. Se ha querido construir una sociedad sin oración, sin valores y sin fe. Y cuando el hombre se aleja de Dios, fácilmente aparecen el egoísmo, la violencia y la división.
Por eso Pentecostés no es solamente un acontecimiento del pasado, pentecostés debe seguir ocurriendo también en nuestra vida. Necesitamos abrir el corazón al Espíritu Santo para que transforme nuestra manera de vivir. Porque una persona llena del Espíritu Santo no puede vivir igual. El Espíritu cambia el corazón duro en un corazón capaz de amar, cambia el odio por perdón y cambia la indiferencia por caridad.
Y algo muy importante en el Evangelio de hoy es que Jesús entrega a los apóstoles el poder de perdonar los pecados. Esto nos recuerda que Dios nunca se cansa de perdonarnos, muchas personas viven alejadas de la confesión porque creen que Dios ya no puede perdonarlas, pero la misericordia del Señor es más grande que cualquier pecado.
Queridos hermanos, el Espíritu Santo también nos impulsa a salir y dar testimonio de nuestra fe. La Iglesia no puede quedarse encerrada. Un cristiano no puede esconder su fe por miedo al qué dirán. Hoy el Señor sigue enviándonos al mundo para anunciar con nuestra vida que Cristo vive.
Tal vez no todos estamos llamados a predicar desde un altar, pero todos sí estamos llamados a evangelizar desde donde nos encontremos: en la familia, en la escuela, en el trabajo y en nuestra comunidad. Muchas veces la mejor predicación no son las palabras, sino el ejemplo de una vida verdaderamente cristiana.
Pidamos hoy al Espíritu Santo que descienda sobre nosotros y renueve nuestra Iglesia. Que nos conceda sabiduría para distinguir el bien del mal, fortaleza para permanecer fieles a Cristo y valentía para defender nuestra fe en medio del mundo actual.
Que María Santísima, Esposa del Espíritu Santo, interceda por nosotros y nos enseñe a vivir siempre dóciles a la voluntad de Dios.
¡Que así sea!
Domingo de Pentecostés, 24 de mayo de 2026