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El Evangelio tomado de según San Mateo que acabamos de escuchar nos introduce en una de las enseñanzas más profundas y consoladoras de Nuestro Señor Jesucristo, en medio de las dificultades, de las persecuciones y de las incertidumbres que acompañan el camino de los discípulos, Cristo dirige a sus amigos una exhortación que resuena con fuerza a través de los siglos: No tengan miedo.
El Señor conoce la fragilidad del corazón humano, sabe que el temor puede paralizar la fe, sabe que el temor puede debilitar la esperanza y sabe que el temor puede apagar el testimonio cristiano. Por ello, antes de enviar a sus apóstoles al mundo, les recuerda que ninguna fuerza humana puede prevalecer sobre los designios de Dios.
«No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse», estas palabras nos recuerdan que la verdad de Dios siempre termina por manifestarse. Por ello, los discípulos no pueden guardar para sí el tesoro que han recibido, lo que Cristo comunica en la intimidad del corazón debe ser anunciado con valentía al mundo entero. La Iglesia existe precisamente para proclamar a Jesucristo, único Salvador del hombre, y cada bautizado participa de esta misión sagrada.
Sin embargo, el Señor dice a sus apóstoles: «No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma». Con estas palabras, Cristo establece una jerarquía de valores que el mundo frecuentemente olvida. La vida temporal, por más preciosa que sea, no constituye el bien supremo, el destino eterno del alma posee una dignidad infinitamente mayor.
Y justamente los mártires comprendieron esta verdad, desde los primeros siglos hasta nuestros días, innumerables hombres y mujeres prefirieron perder honores, bienes, libertad e incluso la propia vida antes que renunciar a Cristo, ellos comprendieron que nada puede compararse con la gloria de permanecer fieles al Señor.
Por eso el cristiano no vive dominado por el miedo, puede experimentar dificultades sí, puede experimentar pruebas y sufrimientos sí, pero sabe que su vida está en las manos de Dios, sabe que el Señor conduce nuestra vida con sabiduría infinita y que ninguna cruz tiene la última palabra, porque la última palabra pertenece siempre a la Resurrección.
Finalmente, Cristo nos dice una advertencia: «A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre que está en los cielos». La fe no puede reducirse a una convicción privada, la fe exige testimonio, exige coherencia, exige la valentía de pertenecer a Cristo en todo momento y circunstancia.
En una sociedad que con frecuencia pretende relegar a Dios al silencio, nosotros los cristianos estamos llamados a ser testigos fieles del Evangelio, no mediante la confrontación, sino mediante la santidad de vida, la firmeza de las convicciones y la caridad que brota del encuentro con Cristo.
Queridos hermanos y hermanas pidamos, pues, al Señor en esta Eucaristía que fortalezca nuestra fe, que nos conceda un corazón libre de todo temor humano, que nos ayude a confiar plenamente en su providencia. Y que, perseverando en la fidelidad hasta el final de nuestra peregrinación terrena, podamos escuchar un día aquellas palabras que constituyen la mayor esperanza del cristiano: «Ven, siervo bueno y fiel».
¡Que así sea!
Domingo XII del Tiempo Ordinario, 20 de Junio del 2026